De los nervios por los nervios

Hubo una época en mi vida, no hace demasiado tiempo, en la que podía ser más o menos feliz o tener más o menos preocupaciones pero YO ERA UNA PERSONA TRANQUILA. ¿Parece una tontería, verdad? Pues no, no lo es. Bienvenidos al mundo occidental, a la generación de la play station y del Google y bienvenidos a los hijos del clonazepan y el tranquimazil. Lo comentaba el otro día, una amiga mía, es alucinante la cantidad de gente que conocemos que está tomando pastillas para la ansiedad.

La ansiedad es definida por la enciclopedia médica como un sentimiento de recelo o de miedo. Yo la defino como tener una convención de grillos, saltamontes y mariposas epilépticas en el estómago y un estado de tembleque general que te hace parecer al difunto Michael Jackson bailando Smooth Criminals. Creedme, no es agradable. Las mariposillas son agradables cuando te estas enamorando y sientes temblar hasta la última célula de tu organismo por una caricia de él. No son simpáticas cuando llevan más de un año viviendo en tu puto estómago y parecen tener un índice de natalidad superior al de México D.F porque juro que en mi barriga habita la población mundial de lepidópteros.  Tampoco es agradable pasar noches como la de hoy, la primera en la que podía dormir horas y horas de toda la semana y no poder descansar porque cada dos horas se te estremece el cuerpo y el pecho  te oprime porque no puedes respirar.

Y lo peor de todo no es la sensación física porque me moriré de cáncer de pulmón, esnucada tras una borrachera o entre los amasijos de un autocar ALSA, pero de los nervios, está claro que no me voy a morir. Tampoco lo peor es la molestia o el dolor, porque hemos pasado ya muchos dolores del cuerpo y del alma, como para echarnos a llorar por esto. Lo peor, sin duda, es ser consciente de que hubo un momento en que todo esto tenía sentido porque me estaba pasando esto y lo otro y estaba mal por aquello y lo de más alla. Pero ahora no. Ahora simplemente, los nervios se han instalados como un invitado indeseado, como unos okupas cabezotas y siguen ahí sin ningún motivo.

Esto provoca que esté taquicárdica, desatada y mi cuerpo se convierta en una carga insoportable ante hechos tan gravísimos como tener una conversación seria con mi madre, no encontrar compañero de piso, afrontar el problema personal de una amiga, que la línea 6 del metro se pare cinco minutos más de lo habitual o que la página de Infojobs no rule. Cualquier cosa, importante o no, cualquier pequeño contratiempo altera mi organismo, enchufa ese click en mi cabeza que no funciona muy bien y acabó totalmente convencida de que estoy como una puñetera regadera.

Visto que la mayoría de las parcelas de mi vida, más o menos, se están recomponiendo y que la tempestad dura y pura parece que se pierde ya en el horizonte, ahora solo me falta encontrar un buen cazamariposas para poder descansar en paz, ahora que tengo más ganas que nunca de vivir, vivir y vivir. Por lo menos, ganas y ánimo no me faltan.

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