El último partido

Esta vez ni siquiera miró la pizarra y ni siquiera permitió que la nostalgia o la decepción obtuvieran cobijo en su pecho. Lo tenía todo tan milimétricamente estudiado que hasta le sorprendió confirmar que estaba contento. En el autocar fue repasando mentalmente como iba a disfrutar de cada segundo. Saldría un poquito antes que sus compañeros para aspirar el fresco olor del césped y esperaba que no hubiera demasiada gente en las gradas para poder disfrutar de la grandiosidad del estadio en una aparente privacidad. No se pondría el chandal, saldría al banquillo de corto, con el escudo en blanco y negro bordado sobre su corazón, sintiendo palpitar un himno que habla sobre una mágica dama. No le importaría el resultado, sería el único ser en Italia que ignoraría completamente el marcador electrónico. Se trataba de cumplir su papel, relegado al olvido y la indiferencia, quemado como una colilla por un circo sin piedad.

Hace dos años sobre otra hierba, con el mismo escudo, el anagrama al que había dedicado los mejores años de su vida, se vió a once metros de la gloria. Se lo jugaba todo y al hombre de hielo, la serenidad cirujana que mandaba sobre el centro del campo de una maquina arrolladora que machacaba sin piedad a los rivales, le temblaron las piernas. Sólo una mujer y un penalty pueden convertir en mantequilla toda la fuerza de un hombre hecho a si mismo. Y falló.

El país entero cayó sobre él. No se juega con la ilusión de veinte millones de italianos. Los otros veinte, los que escupirían sobre su querida bandera blanquinegra, le convirtieron en el bufón oficial de la República y los días de vino y rosas, de azafatas del Pasapalabra y niños cazando su firma se transformaron en una tiniebla infinita. Tan rápidamente que no pudo encontrar un mísero puntal con el que asir su frágil castillo de naipes. Así que esa tarde de octubre decidió que ya no más, que hasta aquí habíamos llegado y que era hora de romperle el corazón a la Vieja Dama.

Los 90 minutos fueron pasando tediosamente. La Juve se pusó por delante en el marcador a los cinco minutos y controló perfectamente el partido ante un rival que había sido incapaz de valorar que las damas heridas son más peligrosas y tiene peor humor cuando las cosas le van mal. Ese día era uno de esos momentos, era una página más escrita en la historia de un equipo rabioso y antipático que se siente en su hábitat cuando todo está en contra. Tan en contra como cuando en los últimos minutos el equipo rival empató dejando al borde de la eliminación a la Vecchia Signora.

Tuvo que pedir a su entrenador que le repitiera dos veces lo que acababa de oir. A falta de dos minutos, con un empate que suponía un drama para el equipo, aquel hombre calvo coronado con cuatro canas blancas que no le había utilizado en lo que llevabamos de Liga le estaba pidiendo que saliera al campo. Su entrenador, además del pelo, estaba perdiendo la cabeza. Jugar unos minutos no estaba en el guión establecido.

Ni estaba en sus planes encontrarse con aquel balón caído del cielo, en plena soledad del área, con los defensas contrarios absolutamente perdidos. Otro fugaz momento para cambiar el destino de una vida, la segunda oportunidad que dejo de soñar hace meses, y con los pocos ánimos que le quedaban y con la mucha clase que todavía guardaba en su bota, remató aquel balón con toda la fuerza de su pie derecho y el viejo Comunale fue testigo de un momento mágico, la resurrección de un ídolo caído gracias a una pelota clavada en la escuadra.

Al llegar a casa esa noche supo que mañana recibiría mil llamadas, que volverían los falsos amigos y los besos de mentira a colarse por las ventanas. Aquella noche decidió retirarse, colgar las botas. Y además tiró a la basura aquel bote de pastillas con el que quería poner punto y final a la historia de un gran futbolista que cuando dejaba los terrenos de juego no tuvo a nadie que supiera calmarle el dolor del fracaso. Comprendió en ese momento el valor exacto de la victoria y de la derrota, de lo dulce y de lo amargo. Y entendió que en el fútbol y en la vida siempre hay un próximo partido, pero que ese encuentro sólo lo pueden disputar los valientes. La próxima copa sería sin alcohol, el próximo gol sería el de su sobrino en un campo de tierra, el próximo éxito sería no volver a escribir un guión con final triste adelantado.

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