Archivo para octubre, 2008

Pornografía infantil NO

Posted in Inclasificable with tags , , on octubre 23, 2008 by pintu1303

Hace años introduje en el buscador de google dos sencillas palabras para poder tener un lugar donde hablar de una de mis aficiones preferidas que es el Barcelona. No sólo obtuve eso sino que conseguí amigos y alguno de los mejores momentos de mi vida. Ahora estoy haciendo un máster especializado en la comunicación en Internet y quiero dedicarme a este mundo, que estoy convencida de que va a acabar barriendo a todos los demás medios de comunicación. Si quiero un billete de autobus lo compro por Intenet, si no sé donde está una calle la busco por Internet. El mejor invento del siglo XX sirve para todo, pero también arruina la vida a miles de niños que caen en las manos de pederastas. Di NO a la Pornografía Infantil. Esta campaña se está promoviendo desde los blogs con motivo del Día Internacional del Niño que se celebra el 20 de noviembre.

Google ya tiene 22.000 entradas:

Cuelga esta foto en tu blog y haz un post. Luchemos contra esta lacra.

Idea original de http://lahuelladigital.blogspot.com/2008/10/arranca-la-blogocampaa-contra-el-porno.html

El último partido

Posted in mis paranoias with tags , , on octubre 23, 2008 by pintu1303

Esta vez ni siquiera miró la pizarra y ni siquiera permitió que la nostalgia o la decepción obtuvieran cobijo en su pecho. Lo tenía todo tan milimétricamente estudiado que hasta le sorprendió confirmar que estaba contento. En el autocar fue repasando mentalmente como iba a disfrutar de cada segundo. Saldría un poquito antes que sus compañeros para aspirar el fresco olor del césped y esperaba que no hubiera demasiada gente en las gradas para poder disfrutar de la grandiosidad del estadio en una aparente privacidad. No se pondría el chandal, saldría al banquillo de corto, con el escudo en blanco y negro bordado sobre su corazón, sintiendo palpitar un himno que habla sobre una mágica dama. No le importaría el resultado, sería el único ser en Italia que ignoraría completamente el marcador electrónico. Se trataba de cumplir su papel, relegado al olvido y la indiferencia, quemado como una colilla por un circo sin piedad.

Hace dos años sobre otra hierba, con el mismo escudo, el anagrama al que había dedicado los mejores años de su vida, se vió a once metros de la gloria. Se lo jugaba todo y al hombre de hielo, la serenidad cirujana que mandaba sobre el centro del campo de una maquina arrolladora que machacaba sin piedad a los rivales, le temblaron las piernas. Sólo una mujer y un penalty pueden convertir en mantequilla toda la fuerza de un hombre hecho a si mismo. Y falló.

El país entero cayó sobre él. No se juega con la ilusión de veinte millones de italianos. Los otros veinte, los que escupirían sobre su querida bandera blanquinegra, le convirtieron en el bufón oficial de la República y los días de vino y rosas, de azafatas del Pasapalabra y niños cazando su firma se transformaron en una tiniebla infinita. Tan rápidamente que no pudo encontrar un mísero puntal con el que asir su frágil castillo de naipes. Así que esa tarde de octubre decidió que ya no más, que hasta aquí habíamos llegado y que era hora de romperle el corazón a la Vieja Dama.

Los 90 minutos fueron pasando tediosamente. La Juve se pusó por delante en el marcador a los cinco minutos y controló perfectamente el partido ante un rival que había sido incapaz de valorar que las damas heridas son más peligrosas y tiene peor humor cuando las cosas le van mal. Ese día era uno de esos momentos, era una página más escrita en la historia de un equipo rabioso y antipático que se siente en su hábitat cuando todo está en contra. Tan en contra como cuando en los últimos minutos el equipo rival empató dejando al borde de la eliminación a la Vecchia Signora.

Tuvo que pedir a su entrenador que le repitiera dos veces lo que acababa de oir. A falta de dos minutos, con un empate que suponía un drama para el equipo, aquel hombre calvo coronado con cuatro canas blancas que no le había utilizado en lo que llevabamos de Liga le estaba pidiendo que saliera al campo. Su entrenador, además del pelo, estaba perdiendo la cabeza. Jugar unos minutos no estaba en el guión establecido.

Ni estaba en sus planes encontrarse con aquel balón caído del cielo, en plena soledad del área, con los defensas contrarios absolutamente perdidos. Otro fugaz momento para cambiar el destino de una vida, la segunda oportunidad que dejo de soñar hace meses, y con los pocos ánimos que le quedaban y con la mucha clase que todavía guardaba en su bota, remató aquel balón con toda la fuerza de su pie derecho y el viejo Comunale fue testigo de un momento mágico, la resurrección de un ídolo caído gracias a una pelota clavada en la escuadra.

Al llegar a casa esa noche supo que mañana recibiría mil llamadas, que volverían los falsos amigos y los besos de mentira a colarse por las ventanas. Aquella noche decidió retirarse, colgar las botas. Y además tiró a la basura aquel bote de pastillas con el que quería poner punto y final a la historia de un gran futbolista que cuando dejaba los terrenos de juego no tuvo a nadie que supiera calmarle el dolor del fracaso. Comprendió en ese momento el valor exacto de la victoria y de la derrota, de lo dulce y de lo amargo. Y entendió que en el fútbol y en la vida siempre hay un próximo partido, pero que ese encuentro sólo lo pueden disputar los valientes. La próxima copa sería sin alcohol, el próximo gol sería el de su sobrino en un campo de tierra, el próximo éxito sería no volver a escribir un guión con final triste adelantado.

Introspección

Posted in mis paranoias with tags , , on octubre 2, 2008 by pintu1303

Llevo dos días, cuatro borradores y tres hojas arrugadas, queriendo escribir sobre Roma. Estuve en la capital italiana hace cuatro años y entre esas calles pase alguno de los mejores momentos de mi vida. Ya antes, cuando tan sólo era una ciudad imaginada era mi favorita y siempre lo será. No es que sea la ciudad más bonita que he visto en mi vida, ya que ese honor corresponde a la grandiosa París, pero Roma es especial. Y es especial porque creo que en la vida de cada persona hay un momento en que tenemos que comenzar nuestro viaje iniciático. Un día, un suceso, una curva en el camino en el que descubres la persona que eres y comienzas a asimilar el camino que quieres andar. Y mi viaje, aun inacabado, se inició en una semana lluviosa de febrero de 2004. E imborrables son los momentos vividos allí, formando un puzzle que siempre me arranca una sonrisa.  Es un collage que habla de una estación, de una fuente mágica, de una colina, de un camarero simpático que confundía mi grabadora con una cámara fotográfica. Todavía recuerdo el olor de la ciudad, las caras de la gente, las veinte mil camisetas de la Roma que vi (los del Lazio, debían estar escondidos, yo también haría lo mismo). Roma, la ciudad eterna, es la reina de la vidas paralelas. Roma, el principio de las cosas, es alocada, rara, misteriosa como lo son cada uno de mis pasos. Se han escrito sobre ella millones y millones de páginas, no mecesita sobrenombres ni adjetivos que ya están gastados de ser utilizados. Pero, en cambio, no sé que decir de ella. Siempre presente y siempre inadvertida. Y no sé que contar de ella. Quizás aquel camarero, de aquella noche de sábado, tenía razón y lo que pasa en Roma se lo lleva el viento. Quizás yo esperaba un huracán y tan solo fue una brisa, que se llevo lo importante y sólo me dejo un boceto interrumpido.

Si vienes a ver, si posas la carne en la piedra y el alma en el espíritu, no llores ni llames al arrepentimiento, que tras esta puerta no hay final.

Si acaricias con los pies, si caminas con los dedos, no huyas ni escapes, que en este soplido sólo hay ganas de volar.

Si sientes la espalda calada y cubres con sudor sábanas ajenas, no agotes ni mientas, que en esta llama prendida no hay agua que la extinga.

Si huecos descubres, si tiendes caminos, no arrojes la moneda ni rompas el cristal, que en esta calle no hay cura para el dolor.

Si notas un presentimiento, si oyes un rumor taquicárdico, no niegues ni olvides, que esta ciudad es eterna y lo que pasa aquí no se lo lleva el viento.